jueves, 3 de enero de 2008

Yendo de la cama a la realidad


Martes. Siete y media de la mañana.
De un golpe, la apago. Esa alarma estridente, la odio. Siempre me roba el final del mejor sueño. Poco le importa a ella, triste melodía monofónica, arrancarme de la más pura expresión de mi inconciente. Sé que su sonido volverá. Por eso, mientras lo espero, me refugio entre las sábanas, hundiéndome en la profundidad de la catrera.
Entonces, ella despierta antes que yo. Antes de que pueda abrir los ojos, resurge de su breve letargo nocturno para recordarme lo insano que estoy. Esa, mi voz. Siempre tan altiva. También la odio -comprenderás que a estas horas de la mañana cualquier cosa, por más mínima que sea, es digna de mi odio-.
Mi perspicaz voz me presiona con argumentos típicos, que la hora, que la responsabilidad, que se te va a pasar el colectivo, que siempre la misma modorra. En cambio, trato de volver a imaginar en donde estaba, trato de volver a ese extravagante paisaje de mi mente para hacer todo aquello que despierto no me dejo hacer. O no me dejan a hacer. O no hago. Por cobarde quizás. Por miedo también. Por eso, disfruto soñar, porque no hay límites. Porque la fantasía resulta más atractiva que la rutina, que el café a la mañana y la caminata hasta la parada y de ahí a la facultad. El sueño no es tan efímero si te ponés a pensar, es más coherente que la realidad. No tiene tantos obstáculos y laberintos, es más directo y conciso. Y agradable, obvio.
Miro el reloj. No alcanzo a comprender como pero ya son menos diez. Me levanto de un salto, corro al baño. No hay tiempo para café, ni para desayuno. Si no me apuro llego tarde. No hay tiempo para soñar. La rutina me golpea otra vez cuando salgo a la calle corriendo. Puta, mi voz me lo advirtió. Mañana le hago caso. Supongo.

1 comentario:

MFG dijo...

No hay tiempo para soñar... y eso, realmente, me quita el sueño.

Yo!