jueves 8 de octubre de 2009

Hermosas flautas de barro


La última vez que vi a Brian fue en un inmundo bar de Park Avenue. Las moscas revoloteaban en las lámparas y el aire apestaba a cigarrillos baratos. Brian tenía los ojos rojos desorbitados y tomaba whisky de a largos tragos. Llevaba un suéter negro cubierto de pelusas y decía cosas como que él no consumía drogas, sino que ellas lo consumían a él. Brian solía bromear con esos temas, de modo que sonreí de compromiso, aunque hubiera preferido no hacerlo.

Aquella noche lo encontré de casualidad. Yo había intentando ponerme a escribir algunas líneas en la vieja máquina pero desistí cuando se me antojó un trago. Deje mis lentes sobre la mesa y me puse el gabán negro. Mire el reloj. Tres y media. Al salir, caminé en medio de la niebla hasta encontrarme con “Lloyd´s”. Nunca había estado en aquel bar de mala muerte. Por eso me sorprendió tanto verlo a Brian allí. Lo había conocido hacía unos meses, en una entrevista sobre Their Satanic Majesties Request que escribí para el periódico local. La crítica odiaba ese disco. Decían que era una copia bastarda de Sgt. Peppers. Brian pensaba que los críticos eran unos idiotas. Desde luego que tenía razón.

En esos lejanos días, Brian salía con Anita. Ella era una desconocida muñeca italiana en los Estados Unidos. Había venido a probar suerte en el cruel firmamento de Hollywood. Muñeca, así la llamaba Brian. Me acuerdo que una vez me habló de su cabello, de su sedoso cabello rubio. En “Lloy´ds” decidí no preguntarle por ella. Anita todavía era una herida abierta. Como tantas otras.

Cuando entré al bar, camine hacia la barra. Un par de borrachos yacían dormidos allí. Mire hacia las mesas del fondo, donde apenas llegaba la amarillenta luz del lugar. Lo reconocí de inmediato. Llevaba el pelo rubio más largo y desprolijo que de costumbre. Ya no tenía ese corte al estilo príncipe del medioevo. Sonrió cuando me vio. Ya en su mesa, me ofreció de su Ballantines. Si no había Ballantines no tomaba whisky. Pero siempre algo tomaba. Hablamos un largo rato. Entre la nube de humo vi que el dueño del bar echaba a los borrachos a patadas.

–Vamos por diferentes caminos. ¿Entiendes, Phil? – señaló con un tono de voz cercano al susurro – Ni siquiera quería que yo toque la citara en Paint it Black. Luego fue un éxito. En lo de Ed Sullivan nos aplaudieron de pie. Si le preguntas ahora seguro te dice que fue idea suya…

Era raro oírlo hablar tan despacio. Las pocas veces que lo escuché hablar de los Stones –y de Mick- él había terminado a los gritos. Salvo aquella noche en el bar.

Mientras lo veía tomar, recordé la vez que se pelearon con Keith. Brian me había invitado a verlos al club. La pelea fue después del show. Por lo de Anita, claro. Brian no lo pudo soportar y le pegó una trompada -jamás había visto una trompada con esa fuerza- en la mejilla izquierda. Me sorprendió. Ese flaco que hacía canciones melosas y no podía matar ni una mosca le había dejado el ojo morado a Keith de un tremendo piñón. Luego se tomó un taxi de inmediato y se esfumó.Al llegar a su hotel en Firm Square, Brian tomó hasta el último gramo de ácido que encontró en sus maletas. Quería olvidarlo todo. Lo logró. Al menos mientras duró el segundo de psicodelia. Su cuarto era un caos. Había botellas volcadas por doquier y la ventana estaba abierta. Creo que era Bob Dylan el que sonaba a todo volumen en el tocadiscos cuando, al otro día, lo encontré dormido en calzones en el sillón de cuero negro. Afuera nevaba. Brian era asmático. Entonces tuve miedo, mucho miedo. Era lógico. Pero él se rió a carcajadas cuando le conté de mi preocupación.

– ¿Sabes qué es lo peor, Phil? Ya no me siento parte de los Stones. Y yo los cree. Es extraño. A veces quiero dejar todo a la mierda…– me dijo en el bar, luego miró hacia al costado y se mordió los labios antes de suspirar – ¿Has estado en Marruecos? Allí es distinto. Es otra concepción de la música. Son flautas de barro. Hermosas flautas de barro. No hay canallas como Andrew Loog Oldham­ –y sonrió casi tímidamente. Andrew, el manager, le había rechazado varias canciones suyas. Siempre había preferido las firmadas por Jagger-Richards.

Sus canciones como solista eran desconocidas. Él presuponía que eran basura, por eso rara vez alguien supo de ellas. Una noche en Kentucky, entre borracho y dormido, lo escuché tocar una melodía de flauta con sus dedos flacos como ramas. Era una cancioncita similar a Ruby Tuesday. Se sorprendió cuándo le pregunte de quién mierda era esa melodía genial. Luego me quede dormido, escuchándolo como a un encantador de serpientes. Sucede que Brian se sentía cómodo con cualquier instrumento. No le gustaba encasillarse, ni en la música, ni en la vida. Por eso decía que sus guitarras eran como sus chicas. A veces le daba ganas de tocarlas, a veces de dejarlas al carajo.

- ¿Sabes qué voy a hacer, Phil? Irme a Marruecos. Ya no me importa la grabación del condenado disco. Se pueden ir todos al infierno – y tomó del vaso hasta dejarlo vacío. Luego se levantó de su silla y se despidió de mí con un hasta luego. Tras la ventana, vi que se tomaba un taxi rápidamente. Igual que la noche que había golpeado a Keith. Me quede sentado, no intente ir tras él como aquella vez. Creí que estaba en lo correcto.

Es que siempre me había sorprendido su voluntad de decisión. Cuando sus padres insistieron en que fuese arquitecto, Brian se fue de casa y empezó a tocar jazz en los suburbios de Cheltenham. Cuando su carrera se había estancado, conoció a Mick y a Keith -dos flacuchos adolescentes que apenas tocaban- y les propuso alquilar un departamento hediondo de Melbourne Street y no salir de ahí hasta tener un disco bajo el brazo. De ese experimento salió The Rolling Stones. Finalmente, cuando se pudrió de ellos, decidió irse a Marruecos a tocar con los músicos de Joujouka.

El inmundo bar “Lloyd´s” se sentía más vacío. No creí que volvería a escribir como tenía pensado. Entonces recordé aquella pregunta que le hice cuando lo conocí en la entrevista. Fue en noviembre en los estudios de Abkco. Todos estaban felices por el nuevo disco. Presumían que le banda había tomado un mejor camino musical.

- Oye, Brian ¿quieres ser famoso?- pregunte con el anotador en la mano cuando escuchábamos Citadel.

- Si, quiero ser famoso. Pero no quiero llegar a los treinta años -me respondió con una sonrisa de niño. Tenía veintiséis en aquel entonces. Brian siempre cumplía su palabra.

sábado 26 de septiembre de 2009

“La gente que quiere cambiar el mundo pierde el tiempo”

Entrevista a Josefina Licitra

Considerada una de las exponentes del nuevo periodismo argentino, Licitra habla de sus éxitos, sus pasados y sus proyectos. Crónica de una cronista escéptica.

Son las once de la mañana en Palermo. En el café Delicity todo parece decorado por un ama de casa quisquillosa: los colores pasteles en las paredes, los manteles a cuadros sobre las pequeñas mesas de madera y la vajilla tan blanca como los delantales de las camareras. Ubicado en la esquina de Sánchez de Bustamante y Güemes, el café tiene grandes ventanales que dejan ver a los transeúntes apurados ante la inminente lluvia, incluso algunos precavidos ya sostienen paraguas y capuchas sobre sus cabezas. Adentro, se respira el aroma a medialunas mientras ella revuelve el cortado que humea en el pocillo con una parcimonia de sala de espera.

-Yo no sabía lo que era una crónica hasta que gane el premio de la Fundación García Márquez.

-¿Cómo que no sabías?

-No sabía lo que era la crónica. Yo siempre escribía como a mí me gustaba, después me entere. La manera en que escribí Pollita en fuga surgió a partir del editor de la Rolling Stone, que me dijo “no tengas miedo de poner diálogos directos y situaciones de conversación. Vos anímate a hacer lo que tengas ganas”. Después el fotógrafo que trabajó conmigo me dijo que la presentara en el Premio de la Fundación y yo la mandé por Internet sin demasiadas expectativas. Entonces, cuando me entere de que había ganado, me puse a leer inmediatamente sobre crónica para no hacer papelones. Imagínate si en Colombia me preguntaban: ¿qué es la crónica para ti? –dice imitando una tonada caribeña- ¡y yo ni sabía! Así que me puse a leer y estuvo bueno enterarme qué era lo que me gustaba hacer. Ahora sé que son crónicas.

La que habla es Josefina Licitra, periodista. Su labor es complejo: transcribir lo indescriptible del mundo real a una hoja de papel. Y lo hace de una forma excepcional. Según el suplemento cultural Babelia del diario español El País, Licitra es “una de las voces más audaces de la crónica en Argentina”. De hecho, su labor periodística le valió el mayor reconocimiento a nivel latinoamericano. En 2004 recibió el Premio de la Fundación de Nuevo Periodismo de Gabriel García Márquez, por su crónica Pollita en fuga -la historia de Silvina, una chica de 15 años líder de una banda de secuestradores- publicada en la versión vernácula de la revista Rolling Stone.

-¿Gabo? Es un amor el viejito…–responde cuando se le pregunta sobre el escritor colombiano que le entregó el galardón- Me acuerdo una vez que almorzamos con él y se reía de que la mujer lo tenía cagando.

***

Josefina tiene ojos negros, el pelo oscuro ondulado que le roza los hombros flacos y la sonrisa torcida, como si la comisura del lado derecho estuviese más arriba que la de la izquierda. Esto es parte del “problemita” -así lo llamaban sus padres- por el cual tuvo que soportar varias visitas al quirófano. Para ella el haber nacido con la oreja derecha sin terminar, con uno de los maxilares más corto que el otro y con el ramal nervioso del rostro funcionando en un cuarenta por ciento de sus posibilidades, significó cuatro operaciones en diecisiete años.

- ¿Las operaciones a las que te has sometido son la causa de que la temática del cuerpo sea una constante en tus crónicas?

-No sé si es una constante, pero sí, en la cuestión más personal algunos escritos tuvieron que ver las operaciones que tuve de chica, también el haber tenido un hijo. Esas transformaciones y marcas corporales fueron convertidas en relatos. Me parece que puede haber relatos bellos –cuando digo relatos incluyo a la fotografía también, no lo limito a lo textual- que muestren una situación de belleza más allá de los parámetros establecidos por la estética. Algo que no es naturalmente bello, se puede volver bello a través de un relato. Por ejemplo lo que hizo Gabriela Lifftschitz -la fotógrafa que se autorretrato desnuda resaltando la mutilación en su seno izquierdo- , tiene una carga poética muy fuerte. Ella no sólo se encargó de las fotografías, sino de la iluminación y los textos y produjo algo shockeante pero bello.

En cuanto a las cosas que pude escribir sobre mi cuerpo, me sirvió como una especie de catarsis, tuvo algo de liberador aunque ese no era su primer objetivo. Me pareció interesante hacer una crónica del yo, como ¿qué puede contar uno hablando sobre sí mismo? sin hacer algo condescendiente del tipo de “¡qué bárbara estoy!”. En este caso quería hacer una crónica de mí misma y aunque suene esquizoide quería desdoblarme. Fue interesante y doloroso a la vez. Sin embargo creo que el haberlo pasado al papel significó minimizar ese tema, porque las cosas realmente terribles uno no las puede ni nombrar.

Pero las marcas de su vida no son sólo corporales. También son invisibles. Josefina vivió sus primeros años en La Plata en plena dictadura militar y sus días eran un constante huir de la represión. Junto a su madre, una veinteañera de militancia universitaria, fueron presas de ese itinerario sin brújula que tantos argentinos padecieron.

-Nos tuvimos que mudar varias veces de los lugares donde vivíamos, irnos de casa, porque era muy riesgoso. Mi vieja me cuenta que se pasaba días enteros viajando en micro, de terminal en terminal o de tren en tren para pasar el tiempo porque no podía parar en ningún lado, así que me daba de comer en las plazas. Mi viejo sí, siguió militando para el trostkismo. Por las noches dormíamos en la casa de algún amigo. Era una vida muy itinerante, sin pasar mucho tiempo en ningún lado. Además ellos estaban re preocupados, sus mejores amigos empezaron a desaparecer, por eso mi viejo se exilió, primero en Montevideo y después en Madrid.

Ella habla de su pasado con total naturalidad. Quizás porque aquellos años ya resultan lejanos. “Además no teníamos un mango” asegura mientras rompe con sus dedos finos y largos el sobrecito de azúcar que vuelva hacia el pocillo.

-No es que éramos pobres y quiero hacer una tragedia del tema, pero mis viejos eran muy jóvenes y nunca contaron con la ayuda de sus padres -rememora Licitra sin ánimos de teñir de miseria su historia familiar-. Me acuerdo que un día mi vieja me fue a buscar a la escuela y había llevado una Lola, una golosina de ese momento, y yo me acuerdo que no la quería, no se por qué, entonces ella me dijo “¡no me tome el colectivo para comprarte esto!”. Estaba muy enojada. Después la tiró arriba de un placard y estuvo un mes ahí, para que yo supiera valorar.

Lo que sí valoraba Josefina eran las letras. Empezó escribiendo ficciones y cuentos cercanos a lo literario. Pero durante su adolescencia, fue su profesora de lengua la que le marcó el camino de la escritura y le recomendó que leyera la revista cultural La Maga. Licitra recuerda que allí encontró el aviso de la Escuela de Periodismo TEA, que resultó ser la excusa perfecta para estudiar una carrera que le permitiera desarrollar su pluma.

A partir de allí todo fue una escalada en el mundo periodístico. Con sólo veinte años ya formaba parte de la redacción del diario Clarín. Trabajo también como periodista independiente de medios nacionales como Rolling Stone, Veintitrés y Lamujerdemivida, e internacionales como Soho, Etiqueta Negra y Gatopardo. Actualmente forma parte del staff permanente del diario Crítica de la Argentina, en la sección Sociedad. De vez en cuando, concede crónicas o soliloquios a sus lectores. Generalmente en forma de contratapas. Ellos le agradecen a su manera:

artte s sano - 40 años – dice: Josefina grasias, por fin una gota de umanidad en medio de tanta basura, no me refiero al diario sino a la puta realidad que no deja grieta de luz, pero hasi son las cosas. cuando menos lo esperas en el decierto hay una rosa.”(27/08/2008)

***

Son más de las doce del mediodía. En un segundo el café Delicity se convirtió en un desierto de pocillos y diarios abiertos sobre las mesas. Ni las pálidas camareras asoman detrás de la barra. Ellas quizás están almorzando en la cocina. Noto que no hay ni una arruga en el rostro de Josefina, su piel parece suave como la seda. Afuera, las gotas de lluvia resbalan por los ventanales que dan a Sánchez de Bustamante.

- También escribís mucho sobre el paso del tiempo. Más que nada sobre los distintos estadios de la vida, sea la niñez, la adolescencia o la vejez…

- Sí. Ese es un tema muy recurrente que me despertó interés a partir de la llegada de Joaquín –su hijo, cuatro años hoy en día-. ¿Viste que se dice que los chicos vienen con un pan bajo el brazo? Bueno, ¡en realidad vienen con un reloj! El tiempo empieza a correr de otra manera, más rápido. Por ejemplo, pienso que cuando Joaquín tenga veinte años, ¡yo voy a tener como cincuenta! Y ahí yo aparezco vieja… Sí, es verdad. Tengo como una obsesión sobre cómo me va a alcanzar la vida para hacer todos mis planes. Además uno es conciente de que la muerte sucede. Entonces trato de medirme porque si fuese por mi escribiría siempre sobre el tema del tiempo.

El tiempo suele ser perturbador para los que conviven entre las letras. Es Julio Cortázar, en “Deshoras”, quien define a los juegos del tiempo como “un billar de carambolas” y reivindica el hecho de la no coincidencia en el tiempo, de los destinos que pasan uno al lado del otro sin encontrarse. Son esas peripecias de las deshoras las que conforman las contradicciones de la vida.

En el caso de Josefina Licitra, la no coincidencia en el tiempo viene de una visión negra del mundo en franca contradicción con la militancia política -¿utópica?- de sus padres. Dos generaciones antagónicas, dos visiones políticas, en un mismo seno familiar.

- Lo interesante es que vengo de una tradición política muy fuerte: mi viejo fue trotskista toda su vida, se tuvo que exiliar durante la dictadura en Madrid, pero yo veo un partido de izquierda y me da risa –dice Licitra con un rostro parco, no le causa gracia su escepticismo-. Es así, soy tan negra y pesimista con los partidos políticos como con el resto del mundo en general.

- Sin embargo, la crónica es una forma política de escritura. Eso dice Martín Caparros. Es una forma de darle voz a los que no la tienen, una forma de cambiar las estructuras de poder desde el periodismo.

-Sí, pero no comparto esa visión. Yo descreo de la gente que hace algo para cambiar el mundo. Creo que la gente que quiere cambiar el mundo pierde el tiempo, porque nada va a cambiar. De modo que esa no es mi intención cuando escribo una crónica. Para mi la crónica es una forma de contar una historia con herramientas narrativas. Nada más. Tengo una mirada muy fría del tema, lo que no quiere decir que no me comprometa emocionalmente cuando hago algunos trabajos. A mí lo que me interesa es contar una historia y contarla de la manera más completa posible, por ahí eso tiene como consecuencia un cambio, como un efecto colateral, pero yo no lo hago pensando en cambiar algo, lo hago porque me interesan los relatos de no ficción. Es algo más personal y menos grandilocuente. Eso no quita que después ayude a modificar la opinión pública sobre ciertos temas, destigmatizar algunas cuestiones. Es decir, la crónica puede generar un cambio, pero no es lo que yo busco.

-Quizás, aunque no te lo propongas en primera instancia, terminas generando un debate...

-Sí, está bien lo que decís. Pasa que yo me preocupo por recrear una escena, que el lector se “haga la película” de la temática que estoy tratando. La crónica es un placer literario que se da el periodista, es contar un cuento con datos reales. Porque el periodismo es un oficio muy cínico: cuando hice las notas sobre Romina Tejerina, Silvina -la quinceañera de los secuestros- y sobre la trata de blancas, a mi lo que me interesaba era contar la historia de la forma más completa que se pudiera. No me interesaba ayudar a Romina, ni que le bajaran la pena a Silvina, ni que apareciera Marita Verón –víctima de la trata de blancas-. No era ese mi objetivo.

-¿Qué te sucede después de haber escuchado historias tan fuertes?

-Me afecta…claro que me siento afectada. Pero ¿viste que los médicos para poder operar no piensan que están operando a una persona, sino que tienen que verlo solamente como un cuerpo y trabajar sobre eso? Bueno creo que así es también en el periodismo. Si hay algo que me pueda emocionar o conmover yo no lo puedo contar, porque para poder contar algo tengo que tener distancia. A mi las notas lacrimógenas y sentimentales me irritan de sobremanera. Por ejemplo, me pareció inmundo lo que hicieron los periodistas de La Liga de disfrazarse de linyeras, no estoy de acuerdo ideológicamente con eso. Es que el periodismo de inmersión, creer que podes meterte en otro territorio y simular ser parte del mismo, es una mentira para la gente que te rodea, porque no sos uno de ellos. Por más que te vistas de linyera, que no te laves el pelo por veinte días, no sos eso, ¡si después volvés a tu casa y tenés una cama limpia y todo lo demás!

-¿Qué pensás de esa fascinación que tiene el periodismo por lo marginal?

-Me parece fácil y morboso, para esa fascinación lo único que importa es exhibir y mostrar situaciones de pobreza, marginalidad. Eso no esta mal si seguís mi premisa de no buscar un cambio social, sino de contar una historia con una justificación del porqué hay que contarla. Las historias que yo elijo siempre tienen un tema detrás. Por ejemplo, en la nota de Marita Verón quiero mostrar la trata de blancas, en el caso de Romina Tejerina un tema de la feminidad y la maternidad muy profundo, lo mismo con la adolescencia gay-lésbica. A diferencia de esto, en la fascinación de lo marginal, lo oscuro y lo sórdido no hay un porqué detrás que no sea la pura exhibición.

***

Josefina Licitra también tiene un libro en su haber: “Los Imprudentes. Historias de la adolescencia gay-lésbica en la Argentina” fue publicado en 2007 por la editorial Tusquets. La periodista se propuso reconstruir las historias de seis jóvenes homosexuales e indagar en sus miedos y orgullos en medio de una sociedad conservadora. El caso más ilustrativo es el de Santos, un adolescente de la alta sociedad porteña que sorprendió a sus padres al anunciar su condición gay y, a cambio, ellos le pidieron prudencia con un gesto desalentador e hipócrita. Actualmente, Licitra trabaja en un nuevo libro de crónicas.

-¿Qué es lo que querés contar en tu próximo libro?

-Quiero hacer una descripción del Conurbano Bonaerense, contando distintas historias sin caer en los relatos sórdidos y marginales. Calcula que el 23 % de la población nacional vive ahí, lo que lo hace un territorio muy interesante para investigar. Pero es un trabajo muy difícil, denso y triste a veces.

-¿En qué parte del proceso estás?

-Ahora estoy haciendo el proceso de investigación, tengo que entregarlo en la editorial en junio del año que viene. Igual ya tengo delimitado qué quiero contar en cada capítulo. En general la estructura es lo más complicado para armar.

-¿Cómo estás trabajando para abarcar todo el Conurbano?

-Ya delimite los capítulos y los temas, de no ser así te podes pasar la vida conociendo sus historias. Tengo dos amigos que están en “Policías en Acción” y recorrí el Conurbano con ellos, ya que lo conocen muy bien porque hace años que salen a patrullar por la zona. Además es la forma gratis para no invertir los viáticos en gastos de transporte. Así que ellos me ayudaron a hacer un panorama general y ahora sé adonde quiero dirigirme en cuánto a temas.

-Por ejemplo…

-Quiero hablar de la policía, pero no desde la denuncia, sino más bien desde la idiosincrasia de la Bonaerense, hablar de los contrastes villas/countries… -entonces se queda en silencio. “Te juro que no me quiero hacer la enigmática, pero tengo muy mala memoria” aclara y a los segundos retoma la explicación- También sobre el comercio informal, los punteros políticos, la mediatización y en especial el paso de la televisión por las zonas más empobrecidas.

***

Son casi la una. Adentro del café, las camareras limpian las mesas con esos detergentes azulados con aroma a desinfección. Hay un tipo de traje oscuro leyendo el diario en uno de los sillones de cuero blanco del local. Mira a Josefina al pasar, quizás le llame la atención su sonrisa torcida, quizás la reconozca. Afuera el cielo sigue gris. Luego de la despedida, ella se pierde entre la gente que deambula por Palermo con un caminar rápido. Como si quisiera alejarse del cínico que la acaba de entrevistar.

martes 11 de agosto de 2009

Haciendo Bulla

En 2008 realizamos un documental que contaba la historia de "La Chispa", una comparsa del Barrio Romero, ubicado en la periferia de La Plata.

La comparsa,
formada por madres del barrio, tiene el objetivo de unificar a los pibes y "rescatarlos" para que no caigan en las drogas.

La producción fue realizada en el marco de la Cátedra de Audiovisual II de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP.

Con ustedes...Haciendo Bulla


jueves 30 de julio de 2009

Los diarios según Chandler


En el capítulo diez de "El Largo Adiós" (1953), el detective Phillip Marlowe conoce a Loonnie Morgan, un periodista del Journal quien se refiere a los diarios de una forma muy ilustrativa:

"Los diarios son propiedad de los ricos. Ellos los publican. Los ricos pertenecen todos al mismo club. Claro que existe la competencia...una competencia dura, implacable, por la circulación, las primicias, las crónicas exclusivas. Todo lo que usted quiera, siempre que no dañe al prestigio, el privilegio y la posición de los propietarios. Si lo hace, entonces se baja el telón."


Bastante actual la descripción, ¿no?

lunes 27 de julio de 2009

All you need is Jazz

1973.

En una habitación del Hotel Alvear de Buenos Aires, tres hombres conversan. Se ríen, se escuchan, debaten sobre la genialidad de Armstrong, la inmortalidad de Parker y las vueltas nocturnas en el clásico Hot Club de la ciudad porteña. Cosas de amantes del jazz.

Un Cortázar con barba y grandes anteojos de marcos negros forma parte de la velada, mientras fuma uno de los últimos Galouises que le quedan desde su regreso de París. Allí también está presente el “Gato” Barbieri, con sus rulos negros que forman una porra dylaniana, sentado contra el respaldar de un sillón de cuero. El Nano Herrera, robusto, con pelo en el pecho que le sobresale de su camisa leñadora, trae un grabador para inmortalizar la charla, así como había hecho con muchas de las melodías improvisadas que después serían parte de Chapter One: Latin America, la primer porción de una saga musical de cuatro episodios compuestas por el propio Barbieri.

REC.

Julio Cortázar: Yo no soy ningún entendido, ningún técnico. Soy sólo un tipo que escucha jazz todo lo que puede, durante la mayor parte del día. Creo que por razones generacionales lo que más me marcó a mí fue el jazz que escuché de joven, naturalmente. Hasta los años 1945, 1946, yo estaba muy anclado en el llamado jazz tradicional, pero un día apareció un señor llamado Charlie Parker que me jabonó el piso aquí en Buenos Aires, completamente. Luego, cuando me fui a Europa, se me fueron apareciendo otros señores.

Leandro Gato Barbieri: –¿Pudiste ver a Parker alguna vez?


J.C.: –Me crucé con él en París. En ese momento yo estaba en Italia. Me pasó con Parker como con vos: un cruce en París. Cuando escribí "El perseguidor", que es un poco la vida de Parker vista por mí, lo situé en París con algún derecho, porque él había estado en París, uno de sus poquitos viajes que hizo fuera de los Estados Unidos.

G.B: –¿Por qué lo llamaste Johnny Carter (en “El Perseguidor”)? ¿Acaso te inspiraste en los saxofonistas Johnny Hodges y Benny Carter?

J.C.: –No, en absoluto. Fue una cuestión, digamos, de sonoridad. Johnny Carter, Charlie Parker, suenan parecido, ¿no? Bueno a lo mejor inconscientemente, porque yo a Hodges siempre lo amé. Uno nunca sabe de dónde salen los nombres de la ficción. Pero volviendo a Parker y el bebop, aquello produjo un gran desconcierto. Victoria Ocampo, que había escrito una cosa hermosa sobre Duke Ellington en el Cotton Club, luego dio una definición bastante despectiva del bebop.

G.B.: –Bueno, aquellos discos de 78, de etiqueta verde, eran tremendos.

J.C.: –Claro, el primer tema de Parker que escuché fue “Lover man”. De otro lado había un rápido. La verdad es que de Parker no sabíamos absolutamente nada. No entendí nada. Lo volví a escuchar una y otra vez, y entonces algo pasó. Un poco después llegaron las grabaciones que hizo con el grupo grande de Jazz At The Philarmonic de Norman Granz. Ahí ya era algo increíble.


G.B.: –Están los músicos que de entrada impresionan mucho y después se van cayendo. Y los otros, los que lentamente te atraen hasta que vos entrás completamente y cambiás para siempre. Yo tengo que decir que el que me dio ese impacto que vos sentiste con Parker fue Ornette Coleman. Con Parker, y más tarde con Coltrane, yo soñaba, estaba en un estado de encantamiento. Pero fue Coleman el que me sacudió. No lo entendí al comienzo, pero me intrigó poderosamente. Fue Don Cherry, con el que llegué a tocar y grabar discos, el que me facilitó una entrada más accesible a ese estilo.

J.C: –Quizás tenías una cierta ventaja, aunque es absurdo hablar de ventaja. Pero desde el punto de vista de la edad, yo soy mucho más viejo que vos, vos podías pasar más fácilmente al free jazz. En cambio, yo tenía 18 años, allá por el 33, y entré al jazz por la vía de los discos de Louis Armstrong y Duke Ellington, los mejores en el momento. Y luego, todo lo que se pasaba por la radio, todo mezclado. Quiero decir que me formé muy de muchacho y en una línea muy determinada.

STOP.

2009

Detrás del micrófono, con auriculares en sus oídos y sonrisa complaciente, un Sergio Pujol, historiador y periodista, se recuesta en la silla de plástico negro para escuchar la transmisión en vivo de esa charla única. Nunca se había transmitido al aire, sólo existía una imagen fotográfica de aquel desconocido encuentro entre estos tres personajes jazzeros. Sin embargo, mucho tiempo después, la ignota grabación llegaría a las manos del propio Pujol, quien la obsequiaba a sus oyentes en su programa de Radio Universidad de La Plata.

PLAY

Ahora también el encuentro se expande más alla de aquella oscura habitación del Hotel Alvear, ahora esa imagen tiene sonidos, palabras que flotan en el éter como notas de un saxofón.

Valía la pena escucharlas.